UN PAÍS SIN MALOS HUMOS
En cuestión de poco tiempo, el Gobierno prohibirá que se fume en todos los locales públicos. Siendo como soy fumador circunstancial de cigarros puros, aplaudo la medida. Hace unas semanas, estuve cinco días en París y comprobé la normalidad con la que sus ciudadanos asumen la norma restrictiva: la parte interior de los establecimientos es territorio para los no fumadores, mientras que las estancias exteriores, pertrechadas de estufas con las que combatir el frío, dan cabida a los amigos del humo. Ayer mismo, en un restaurante de mi ciudad nos advirtieron de que, desde ese día, allí ya no se fumaba por decisión gubernamental. Se han puesto la venda antes que la herida, pensé. Días atras, durante una comida navideña, un alto cargo sanitario, con quien compartía sitio en la mesa, me reconoció que la medida era acertada aunque procediese del otro lado de la vega política. Y eso me lo decía alguien que, hasta no mucho, devoraba dos paquetes de cigarrillos diarios, según propia confesión. Ahora andaba en tareas de desintoxicación o desenganche. ¿Cómo lo haces?, le pregunté. Con pastillas, claro, cómo si no, me repuso. A los que han fastidiado de lleno, sin duda, es a los hosteleros a los que no hace mucho instaba la Administración a realizar reformas costosas en sus locales para dar cabida a fumadores y no fumadores. ¿Quién les compensará ahora por todo eso? Que cada palo aguante su vela, se dirá por ahí. Sin humos, todo se verá más claro. El problema son los malos humos que entre el personal va a generar una medida que se antoja harto impopular. Y eso, en un país donde, hasta anteayer mismo, el humo que desprenden los cigarrillos cegaba furtivamente nuestros ojos, lo que parecía que apenas nos importaba.
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